Tendemos a ello, pero necesitamos hacerlo diferente.

Por mucho tiempo sufrí queriendo componer a toda persona que había a mi alrededor. Aunque en su momento no sabía que yo era un trabajador de luz, y que mi tendencia y necesidad era la de ayudar a otros, lo estaba haciendo de una manera en la que no solo no ayudaba a los demás, sino que además terminaba yo sufriendo, todo por mal enfocar mis energías.
Una de las ilusiones más grandes del ego, es que venimos a iluminar a los demás, a eliminar el sufrimiento humano, lo cual en parte es verdad, pero no lo podemos hacer queriendo cambiar a los demás, ahí es donde está la confusión, lo necesitamos hacer cambiando nosotros mismos en primera instancia. Cambiamos al mundo en el momento en el que cambiamos nosotros.
De hecho, los trabajadores de luz, tendemos a tener un síndrome conocido como “el rescatador/a”, el cual nos hace meternos donde no nos llaman para salvar a la persona. El resultado puede ser catastrófico, pues podemos terminar en relaciones con codependencia, enojados y frustrados por no lograr cambiar a nadie.
Y es que en realidad, a nosotros no nos corresponde cambiar a nadie, aunque si ser una inspiración luminosa. Cada uno de nosotros tiene la misma sabiduría interior, y cada quien vive las experiencias que le corresponden. Cuando queremos rescatar a alguien, estamos tanto desperdiciando nuestra energía como además invadiendo la experiencia de los demás.
El camino de la inspiración es el mejor, pues implica sanarnos a nosotros mismos, y es, nuestra misma sanación la que a través de la ley de la atracción, atraerá a las personas que necesiten de nosotros para que les ayudemos a hacer lo propio.
Nuestra más elevada misión no es cambiar a los demás, sino simplemente liberar los obstáculos que tenemos para ser felices. Eso es lo que en realidad cambia al mundo.
Namasté.