La gran misión.

Desde muy temprana edad, supe que yo era un trabajador de la luz. Pues siempre he tenido una enorme vocación por qué el mundo y las personas que lo habitan sean mejor. Sabía intuitivamente que yo podía hacer algo por la causa, pero no tenía ni idea de cómo. Y esa confusión es la que más aprendizajes me han traído.

Un trabajador de la luz, es toda la persona sensible ante la situación del planeta y de los demás, y que sabe en alguna parte de él o ella que es su deber hacer algo por los demás. En mi caso aunque no era consiente de ser un trabajador de la luz, y mucho menos su significado, si estaba muy conectado con mi propósito de ser.

Sufría enormemente de no poder hacer que los demás, dejaron a un lado sus preocupaciones o las trivialidades, y se enfocarán por ser feliz. Pero era imposible que yo pudiera hacer algo en mis condiciones. Solo hasta en verdad entendí mi propósito, fue que pude calmar mi ansiedad.

Los trabajadores de la luz, no estamos aquí para sanar a otros, estamos para sanarnos a nosotros mismos. Es solo mediante nuestra propia sanación que podemos sanar a otros. Es a través del ejemplo y la integridad donde realmente yace nuestro poder.

Somos seres profundamente amorosos y sensibles, venimos con un gran propósito, sanar al mundo, pero no a través de convertir a otros, sino de convertirnos a nosotros mismos. A respetar el proceso y los tiempos de cada quien, y a ser paz interior que se transforme en paz exterior.

La desesperación por ayudar, es algo muy dañino para nosotros, nos quita poder, nos enferma y nos absorbe las energías que tanto necesitamos para ser amorosos.

Estar bien, para poder dar, es quizás la lección más importante del camino. Eso significa que hay que enfocarse en nosotros mismos, si el universo necesita que ayudes a alguien, claramente lo pondrá en tu camino. Sin forzar ni nada, todo será muy natural.

Nuestro trabajo no es enseñar, sino a enseñarnos. Para poder hacerlo es indispensable poner al amor en todo lo que hagamos, enfocándonos en el servicio. Cuando yo estoy bien, con un corazón sano y lleno, tengo mucho más para dar, que si mi corazón está herido y vacío.

La fórmula es sencilla, tener para dar, a través del amor personal, y cultivando relaciones saludables de dar y recibir. Eso es lo que en verdad nos hace poderosos, y en consecuencia cumplir lo que veníamos a hacer.

Hacemos mejor al mundo, cuando nosotros lo somos. Y si estamos abiertos a servir, el universo manejara nuestra agenda cuando nos necesite.

Namaste